Hubo una época en la que ningún motociclista que se preciara admitiría tener un vehículo de tres ruedas. Era un vicio oculto, algo que hacías a escondidas tras las puertas insonorizadas del garaje cuando el resto del mundo ya dormía. Todo eso cambió con la llegada de la Rampant Rocket. Una vez que sientes la potencia de esta bestia bajo tus piernas, la vergüenza se esfuma. No existe mayor liberación.